El debate por la tercera dosis: 2+1 no siempre suma 3

Por Carol Perelman


La utilidad de vacunarse es cada vez más evidente. Hoy los casos hospitalizados y las defunciones por COVID-19 son principalmente en personas no vacunadas. Es inminente que las vacunas ya autorizadas y aprobadas se apliquen a la brevedad y a la mayor proporción de humanos para controlar esta pandemia que pareciera no ceder.


Esto lo hemos dicho, recalcado y explicado. La pandemia llegará a su fin cuando la mayor proporción de la población mundial tenga inmunidad, y de preferencia inmunidad gracias a la vacunación. A la mejor medida de salud pública para controlar enfermedades infecciosas después del acceso al agua potable. Aquí no hay duda. Las vacunas son esenciales, pero no es suficiente con tener vacunas eficaces, también es necesario pensar en la cobertura.


Desde los inicios hemos sido testigos de cómo la vacunación ha avanzado a distintos ritmos en los diferentes países del mundo. Unos tienen dosis de sobra y buscan más brazos para aplicarlas, mientras otros apenas han recibido sus primeros embarques para cubrir al 1 por ciento de su población. Viéndolo como un panorama global, ya se han aplicado suficientes dosis para cubrir con esquema completo al 30 por ciento de los terrícolas.


Pero la distribución tan heterogénea ha dejado espacios vulnerables donde las personas siguen muriendo de una enfermedad que hoy podemos prevenir, y donde además se podrían gestar variantes que pondrían en riesgo a aquellos que se han adelantado. Sin duda, en esta pandemia el lugar donde vives injustamente determina tu riesgo en salud, pero además, ya luego de que hemos confirmado que si el virus está en un lugar estará en todos lados, debemos pensar también en cómo esa desprotección afectará a quienes sólo han buscado blindarse.


Ante el gran debate por las dosis adicionales, es momento de hacer un alto para preguntarnos realmente cuál es nuestro objetivo como humanidad ¿qué queremos, qué buscamos?


Ahí está. Te doy un momento. ¡Piénsalo! ¡Pensémoslo todos!


Tal como tú, yo también quiero que esta pandemia que nos ha puesto de cabeza ya termine. Como tú, tengo miedo y haría lo posible por no enfermar ni morir por COVID-19. Sin duda evitaría tener las secuelas que tanto han dejado huella en quienes han sobrevivido a la enfermedad. Y por último, quiero que dejen de surgir variantes que cambien las reglas que ya habíamos comprendido y hagan que las vacunas dejen de funcionar.


Creo que coincidimos: queremos lo mismo, o al menos algo bastante similar.


Bueno, pues, veamos si esta prisa por recibir más dosis nos acerca o nos aleja del objetivo común, nuestra gran meta universal.


Empecemos por definir que no es lo mismo aplicar una dosis adicional que un refuerzo. Cuando administramos una vacuna, buscamos que el sistema inmunológico se active y monte una respuesta específica que nos defienda contra algún patógeno, en este caso contra el coronavirus.


Sin embargo, hay personas que tienen un sistema inmunológico deprimido o modulado por estar bajo tratamiento contra cáncer, por haber recibido trasplante de órgano, por tener una enfermedad autoinmune, por HIV o por situaciones que podrían ser de nacimiento.


Estudios han mostrado que estas personas no logran generar una respuesta inmunológica robusta con las dosis iniciales de los esquemas autorizados, por lo que en ellos es esencial aplicar una dosis adicional que funcione como una oportunidad más para que su sistema inmunológico genere algo de protección y disminuya su riesgo de enfermar de gravedad por la COVID-19. En personas con sistema inmune deprimido una tercera dosis no sólo es recomendable, sino sumamente importante. Aquí no hay duda ni debate.


Aplicar una tercera dosis a modo de refuerzo se refiere a administrar dosis extras a personas que sí lograron una inmunidad adecuada luego del esquema inicial, pero que se deciden administrar como una especie de simulacro para tener constantemente activo al sistema inmune. Una razón aceptada y que de hecho se hace con vacunas como la de tétanos, pero no necesariamente justificada en medio de una pandemia.


Para explicar la complejidad de aplicar los refuerzos, usaré una metáfora simple con la idea de ejemplificar lo que estamos observando con las vacunas contra la COVID-19.


Imaginemos al sistema inmunológico como un ejército, que cuando recibes la vacuna despliega todos sus elementos de defensa para protegerte. Y es que éste es precisamente el objetivo de la vacuna: que el cuerpo reconozca al enemigo y aprenda a aniquilarlo sin enfermarnos, para garantizar nuestra protección por si tuviéramos futuros encuentros con él.


El sistema inmunológico, como cualquier ejército, tiene distintos elementos que componen un buen batallón. Contar solamente con tanques o con aviones no habla de tener un buen ejército. Más bien son la suma de varios elementos los que hablarían de una defensa robusta. Lo mismo ocurre en el cuerpo. Tenemos multitud de estrategias que se encargan de protegernos, pero las más fáciles de medir son los anticuerpos, que rondan por nuestro torrente sanguíneo vigilando que no hayan intrusos.


No necesariamente son los anticuerpos los más adecuados para protegernos contra la COVID-19, pero son los que contabilizamos habitualmente en los laboratorios, porque son sumamente fáciles de detectar.


No soy experta en milicia, pero supongo que ningún país tendría a sus soldados patrullando las calles si no existiera un enemigo inminente que lo amenace. Sería incosteable, y realmente imprudente, desplegar a los guardias y mantenerlos diariamente en circulación sin necesidad aparente. Algo similar sucede en el cuerpo humano.


Imaginemos a nuestros anticuerpos como esos soldados vigilantes que fueron activados gracias a la vacuna, al cabo de unos meses y por estar fuera de peligro, estos anticuerpos regresan a los cuarteles y quedan de memoria, alertas, por si surgiera alguna eventualidad, por si llegáramos a estar en contacto con el virus.


Esto es lo que se ha comprobado en distintos países del mundo, entre ellos Israel: que las personas vacunadas comienzan a ver un descenso en la cantidad de anticuerpos con el paso del tiempo, situación que ha hecho que frente a la variante Delta, mucho más contagiosa, personas vacunadas puedan contagiarse y tener COVID-19, porque los anticuerpos ya no circulan en la primera línea de defensa, pero sí están en el cuartel. La memoria inmune del cuerpo sigue ahí y por eso las vacunas siguen funcionando como seguros de vida.


Por esta situación, la efectividad de las vacunas para evitar infecciones sintomáticas ha disminuido. Lo que reportaba Pfizer con su fase 3 de 91 por ciento de eficacia para prevenir la COVID-19 con síntomas ha disminuido a entre 40 a 60 por ciento, según datos de Gran Bretaña e Israel. Sin embargo, y lo pongo en mayúsculas: SIN EMBARGO, la efectividad de la vacuna Pfizer para evitar gravedad y muerte por la COVID-19 se ha mantenido constante: sigue siendo cerca de 97 por ciento gracias a esa memoria que sigue ahí.


¿Por qué? Porque cuando entramos en contacto con el virus, los anticuerpos ya no están ahí circulando, pero sí está la respuesta de memoria, que rápidamente se activa y hace que la evolución de la enfermedad en vacunados sea más leve y disminuya a la mitad el riesgo de tener secuelas de la COVID-19.


Las vacunas sí funcionan, están disminuyendo las muertes y las hospitalizaciones. Lo vemos en los reportes epidemiológicos. Y aunque los vacunados tienen menos riesgo de contagio que los no vacunados, lo que las vacunas no están evitando son los casos positivos… pero ¿cuál es el objetivo?


Claro que sí existen pocos y aislados casos de personas completamente vacunadas que han fallecido, pero es claro que han sido personas con alguna comorbilidad no controlada o de alto riesgo, como mayores de edad, cuyo sistema inmunológico tiene ya cierta senescencia y en quienes quizá sí habría que considerar una dosis de refuerzo.


Esto nos demuestra lo que hemos dicho con el Modelo de Queso Suizo: no hay medida que sea 100 efectiva y por eso, para disminuir nuestro riesgo, es fundamental hacer varias a la vez.


Confiar en que la vacuna es nuestro blindaje es un error importante de corregir. Las vacunas sí son una especie de seguro de vida, pero para evitar infección mejor dejemos esas dosis para quienes no han recibido ninguna, y nosotros usemos el cubrebocas con rigor, abramos ventanas para ventilar, evitemos espacios concurridos y hagamos rastreo de contactos. Ya sabemos cómo evitar casos y tenemos las vacunas para evitar muertes. ¡Qué más! Por lo pronto es lo que requerimos hoy.


Además, la comunidad científica ha sido clara en este tema y ha dicho que aún hay muy poca información para hacer una recomendación sobre terceras dosis. No hay consenso ni siquiera en el tiempo de intervalo para su aplicación; Israel dice cinco meses y la Casa Blanca sugirió ocho meses, o más bien seis… y la CDC no se ha reunido porque la evidencia que hay no es suficiente para decidir poner más vacunas en los ya vacunados y en realidad conviene más vacunar a quienes no lo han hecho.


Incluso, esta semana dos oficiales de la FDA renunciaron en parte por la presión que ha generado este dilema. Y es que las decisiones de salud pública deben alinearse con la ciencia y hoy aún no existe la evidencia suficiente ni contundente para tomarlas. Y porque, repetimos, las vacunas actuales siguen funcionando.


Tampoco sabemos cuánto tiempo protegerían estas dosis de refuerzo. No hay aún información sobre si una tercera dosis disminuye el riesgo de hospitalización y la posibilidad de muerte por la COVID-19 o, en ese sentido, todo queda igual y estos refuerzos sólo protegen para evitar infección y enfermedad sintomática.


Por fortuna, sabemos que las terceras dosis son seguras y no causan mayores efectos secundarios que las segundas, pero lo que no sabemos es el efecto de acumular dosis solo por acumularlas. Y menos tenemos evidencia de qué sucede al mezclarlas. Pero además, estas vacunas fueron diseñadas para un virus que ya no existe, para un virus que ya ha sido desplazado por las nuevas variantes. Si fueran vacunas de una segunda generación, quizás la retórica sería diferente. Más bien lo urgente es prevenir más variantes, y aplicar más dosis a ya vacunados no lo evita. Lo que detendría la generación de nuevas variantes es proteger a los países susceptibles, a los no vacunados, que podrían convertirse en “fábricas” de futuras variantes, que nos regresen al punto inicial. Urge ganar la carrera al virus y limitar sus opciones de experimentación.


Las reglas pandémicas frente a Delta han cambiado, sí. Al ser más contagiosa, Delta se ha esparcido con gran rapidez. Pero no sólo Delta; también nosotros hemos cambiado. Decidimos regresar a las actividades cotidianas aún con la pandemia en curso, y este aumento en movilidad también ha hecho que entremos más en contacto con el virus y que aumenten las posibilidades de infectarnos. No es sólo un tema de vacunas, a las que nosotros también hemos puesto a prueba, y quizá hemos confiado demasiado en ellas.


Hace un año soñábamos con el momento de salir de casa sabiendo cómo realmente cuidarnos para esquivar al virus. Hoy sabemos cómo hacerlo, gracias a que se ha confirmado que el coronavirus es un virus aéreo y que, cuidando el aire, podemos minimizar el riesgo de contagio. El momento de poder retornar a nuestras actividades cotidianas e incursionar de nuevo en el mundo social y laboral teniendo en nuestros brazos esas vacunas que eran hipotéticas y que hoy funcionan como seguros de vida evitando muertes, hospitalizaciones, y enfermar de la COVID-19 de gravedad.


Es un error pensar que nos pusimos las vacunas para evitar infectarnos. No. Eso fue un lujo del que disfrutamos cuando nos sentíamos blindados. Realmente nos vacunamos para evitar más tragedia y detener la pandemia. Que una persona vacunada tenga COVID-19 no debería causar sorpresa. Sí tenía menos riesgo de contagiarse que una persona no vacunada, pero el riesgo nunca se dijo que era cero. Lo bueno es que gracias a su vacuna, esta persona cursará un COVID-19 más leve y con menos probabilidad de tener secuelas. Lo más seguro es que no requerirá atención médica… ¡y eso es extraordinario!


Entonces, ¿por qué algunos países están considerando e incluso aplicando las terceras dosis? Porque pueden; porque las tienen; porque quieren regresar a ese estado donde los vacunados evitaban incluso la infección. Pero para evitar infección tenemos útiles herramientas como ventilar, usar el cubrebocas, limitar los encuentros y elegir actividades esenciales. Lo que urgía y urge es evitar muertes de personas que siguen vulnerables. Cubrir a ese 70 por ciento de la población mundial que no ha recibido ninguna dosis por haber nacido en el país equivocado.


La Organización Mundial de la Salud pidió no poner dosis de refuerzo hasta que todos los países tengan al menos al 10 por ciento de su población vacunada, pero al parecer seguimos creyendo que los virus conocen fronteras y sólo nos ocupamos de lo que sucede dentro de ellas. No hemos aprendido.


Al día de hoy -septiembre 2 de 2021-, aún la comunidad científica carece de la evidencia suficiente para hacer un consenso y recomendar aplicar dosis de refuerzo a personas sin riesgo de complicaciones. No sabemos si realmente son útiles. Solamente los científicos y médicos están de acuerdo con proteger a personas con inmunosupresión y alta vulnerabilidad. Por eso siempre es importante consultar a tu médico antes de tomar cualquier decisión o automedicarte.


Sabemos que las vacunas nos siguen protegiendo contra lo más grave, así que detente y sigue cuidándote como ya sabemos para evitar que te contagies y contagies a los demás. Ya tienes tu seguro de vida, enhorabuena; no lo pongas a prueba. Mientras tanto, seguiremos atentos a la evolución de este dilema, recopilando cada día más evidencias, conociendo las consecuencias, midiendo el beneficio, aprendiendo más para poder tener mayor claridad.


Por lo pronto, no sabemos si 2 + 1 son realmente 3.

¡No perdamos de vista el objetivo!


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