El impresentable Mr. Trump


Con un apoyo, difícil de imaginar, de más de 70 millones de votantes, un Donald Trump envalentonado, acostumbrado a imponer su voluntad, le apostó a la ilegalidad, a la insurrección, a las fake news y a la lealtad ciega de colaboradores y políticos de su partido, para obtener, por la fuerza, lo que no le dio el voto de los electores y, volvió a perder. Su primera derrota ocurrió en las urnas, asestada por el voto electoral y el voto popular, la segunda, ante la fuerza de las instituciones y la legitimidad de la democracia estadounidense.


Al sistema democrático norteamericano lo vino a poner a prueba un personaje ajeno a la política. Un megalómano en grado superlativo que supo aprovechar la circunstancia de una sociedad dividida, inconforme y cansada del establishment. Su triunfo electoral de 2016, sorprendió a todos. Su estilo políticamente impropio, agresivo, populista y triunfalista, supo conectar y motivar a los votantes. Sin antecedentes políticos, se presentó como la oportunidad al cambio y su status de celebridad y buen manejo de medios completaron el atractivo.


Y de que hubo cambio, ni hablar. Su estilo se impuso, pero lo llevó a extremos que lo fueron desgastando hasta los excesos de sus últimos días en la Casa Blanca. Difícil de explicar, porque por su personalidad, sus desplantes y expresiones twitteras había claridad en su negativa a aceptar su derrota y renuencia a reconocer el triunfo de su rival político, Joe Biden. Su obsesión en calificar la elección de fraudulenta, sin fundamento ni prueba alguna, vislumbraba una disputa post electoral extralegal, pues los recursos de ley estaban prácticamente agotados. Aun así, el llamado a la insurrección, resultaba difícil de imaginar y, sin embargo, se dio, colocando al país y a su régimen democrático en vilo. Al menos por unas horas. Inaudito.


El auto golpe de estado se pudo controlar, no sin haber lamentado 5 vidas perdidas. Al magnate inmobiliario, le gustó el poder, y, en su afán por permanecer en la Casa Blanca, al costo que fuera, dio lugar a situaciones de violencia no vistas en la historia política electoral moderna norteamericana. (El Capitolio sólo había sido tomado por asalto en 1814). Todavía durante la incursión de las huestes trumpianas, el derrotado presidente norteamericano daba sus últimas bocanadas de incitación insistiendo en el fraude electoral, aunque exhortaba a sus seguidores a retirarse a sus casas. “Conozco su dolor.... Pero se tienen que ir a casa ahora…Debemos tener ley y orden. Esto fue una elección fraudulenta, pero no podemos hacerles el juego.”


No fue sino hasta que el presidente electo, Joe Biden, le exigió a Donald Trump presentarse en televisión nacional y “cumplir con su juramento y defender la Constitución y exigir el fin de este asedio”, que el neoyorquino pidió a sus hordas retirarse en paz, ya sin aludir al supuesto fraude electoral. El proceso de recuento de votos electorales por el Congreso continuó, con sólo dos impugnaciones de senadores republicanos a los resultados en los estados de Arizona y Pennsylvania, que fueron rechazadas. Como consecuencia del zafarrancho, otros senadores de ese partido desistieron de formular más impugnaciones. Para la madrugada del jueves 7, el Congreso certificó, formalmente, la victoria de Joe Biden en la elección presidencial.


Tras el ataque, calificado de terrorista por algunos, el futuro del presidente Trump es incierto y, no sólo el político. Con la intentona de desconocer la elección perdió posición política y apoyos importantes dentro del partido republicano. Aunque impredecible, no parecería que Trump vaya a renunciar, en estos seis días que faltan para que concluya su mandato. La exigencia de la presidente de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, al vicepresidente Mike Pence para invocar la Enmienda 25 que permitiría al Congreso destituir al presidente Trump, fue rechazada por el republicano, señalando no creer que “esa acción sea en el mejor interés de su Nación ni que sea consistente con la Constitución”, además de que “sentaría un terrible precedente”.


La otra amenaza, en contra del todavía presidente Trump, era la de someterlo a un juicio político, el que, a pesar de no existir tiempo para llevarlo acabo en su totalidad, permitiría a los demócratas iniciarlo, dejándolo en suspenso un tiempo mientras el gobierno del presidente Biden se organiza y toman posesión los nuevos congresistas, para aprovechar la calidad de mayoría, de este partido, también en la Cámara de Senadores. Y esta es, precisamente, la vía que siguió Nancy Pelosi. En la sesión de ayer, en la Cámara de Representantes se aprobó, por una mayoría de 232 votos, incluidos el respaldo de diez votos republicanos, la procedencia de Juicio Político (Impeachment) en contra del presidente Trump por incitación a la insurrección. Con esto, el mandatario se convierte en el único presidente en la historia de aquel país en haber sido sometido a dos juicios políticos.


En la estrategia demócrata, una vez concluida la etapa en la cámara baja, se prevee suspender la continuación del proceso y reanudarlo un poco más adelante, en la fase correspondiente al Senado, cuando el presidente Trump haya dejado el cargo. Con su mayoría, buscarán condenar en diferido al ex presidente que, de lograrlo, quedará inhabilitado para ocupar un cargo público en el futuro, cancelándole toda posibilidad reeleccionista a la que pudiera aspirar.


Por lo pronto, queda claro que, si los demócratas no le dan un golpe político certero y definitivo al magnate, además de revisarle sus pendientes con la ley, se puede convertir en la peor pesadilla para el gobierno del presidente de Joe Biden. Porque, la inconmensurable soberbia del enemigo herido lo hace peligroso, rencoroso y vengativo, además de contar con el respaldo de un trumpismo que suma un buen número de fanáticos incontrolables.



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