El PRI cava su tumba

Por Miguel Tirado Rasso

mitirasso@yahoo.com.mx

A sus 92 años, el PRI, el otrora partidazo, parece no darse cuenta de su realidad actual. Un segundo gran descalabro, la pérdida de la presidencia de la República, en 2018, y una serie de derrotas electorales a nivel federal y estatal en la elección de junio pasado, que lo han relegado a la posición política más débil de su historia, no han sido suficientes llamadas de alarma para que su actual dirigencia reaccione y busque el rescate de esa organización política. Porque en lugar de sumar esfuerzos, convocar a la unidad de su militancia y ver por los intereses de la institución, hay cerrazón, oídos sordos a la crítica y radicalización de posiciones que sólo llevarán a una grave fractura de lo que queda del tricolor.


Los resultados obtenidos por este partido en la pasada elección, no son para presumir, pues gracias a la alianza con el PAN, no fueron catastróficos como le hubiera sucedido de haber ido solo en la competencia electoral. Sin embargo, su actual dirigente, Alejandro Moreno, “Alito”, tiene otros datos, y declara ante los medios, en referencia a este proceso electoral, que el PRI tuvo “un avance muy importante”. La realidad es que el tricolor, a diferencia de otros tiempos, no ganó ni una de las 15 gubernaturas en juego, ni en alianza, y perdió las 8 que actualmente tenía bajo sus colores, por lo que ahora únicamente gobierna 4 entidades (Coahuila, Estado de México, Hidalgo y Oaxaca).


En la elección para diputados federales, los números tampoco son muy favorables. Por sí solo, el tricolor ganó 11 distritos de mayoría, si bien con la Alianza Va por México (PAN, PRI y PRD) pudo sumar más diputados a su causa de los que tenía en la legislatura que termina. En lugar de 49 curules, ahora tendrá 70. En términos generales, sus triunfos en municipios y congresos estatales, no muchos, por cierto, habría que atribuírselos a su participación en Alianza, porque aún en los estados en donde es gobierno sus resultados fueron un desastre, como en Hidalgo, uno de sus tres bastiones históricos que le quedan (Coahuila y Edomex, son los otros), en donde Morena logró mayoría absoluta en el Congreso local y Oaxaca, en la que Morena arrasó en el Congreso local y en un importante número de alcaldías.


De acuerdo a los registros del INE, este instituto perdió 79 por ciento de su militancia en los últimos dos años. En junio de 2019, el PRI registró ante la autoridad un padrón de 6.7 millones de militantes (en 2000 presumía 10 millones de afiliados), pero para junio de 2021, ese padrón se había reducido a 1.4 millones de simpatizantes oficiales, justo en el período en que Alejandro Moreno, encabeza los destinos del organismo político. Como consecuencia de sus derrotas electorales, ahora el PRI gobierna 21.7 por ciento de la población, mientras que en 2016 lo hacía sobre 54 por ciento.


Este partido va en caída libre en el mapa político. Tras su mayor derrota electoral en 2000, mantuvo su presencia nacional como oposición durante los dos gobiernos panistas (2000-2012), con 20 entidades bajo el mandato de sus colores, logrando recuperar la presidencia en 2012. El PRI, sin embargo, le quedó a deber al electorado que le dio una segunda oportunidad. No estuvo a la altura de las expectativas que lo habían reivindicado como el partido que sabía gobernar y, ahí, continuó su desventura.


Entre sumas y restas electorales, fue perdiendo gubernaturas. En 2015, de 9 gubernaturas en juego, perdió 4, retuvo 3 (Campeche, Colima y San Luis Potosí) y ganó dos más (Guerrero y Sonora). En 2016, de 12 gubernaturas perdió 7, retuvo 3 (Hidalgo, Tlaxcala y Zacatecas) y ganó 2 (Oaxaca y Sinaloa). En 2018, con el tsunami lopezobradorista, de 9 elecciones para gobernador, el tricolor sólo sumó pérdidas, reduciendo en dos el número de estados bajo su mandato. Y, ahora, continuó su debacle con la pérdida de 8 estados bajo su gobierno, que lo deja con 4 gobiernos priistas, cuando en 2012 gobernaba 20.


En este contexto, destaca la actitud de la actual dirigencia priista que decidió asegurar su futuro político, antes que preparar una estrategia para recuperar al partido. Previsores del desastre electoral que le esperaba a su institución, el presidente del Comité Ejecutivo del tricolor se colocó en primer lugar de la lista de candidatos a diputados por la vía plurinominal y, con él, se dice, se agregaron 21 integrantes de la dirigencia en lugares de privilegio para asegurar su curul. Ahora resulta que los responsables de la conducción del partidazo son, al mismo tiempo, los diputados que deberán debatir con los de la 4T las propuestas presidenciales. Un trabajo de tiempo completo que, imaginamos, los mantendrá muy ocupados en el Congreso. Pero entonces ¿quién sacará de la crisis a su partido? Responsabilidad qué, también, reclama tiempo completo.


Algunos priistas, que buscan la refundación del PRI, han demandado a la actual dirigencia que convoque a una asamblea “con auténtica representación” para que rinda cuentas de los resultados de la elección y el presidente presente su renuncia al cargo ante su fracaso electoral. Otros priistas están molestos por el manejo en la asignación de candidaturas y por el “agandalle” de posiciones, exigiendo que renuncien los diputados electos a sus puestos en el Comité Ejecutivo, por un mínimo de ética política.


Estas demandas han merecido, poca atención y un rechazo total por parte de la dirigencia del partido, que prefiere imaginar que los resultados obtenidos en la elección fueron lo mejor y que el partido va “requetebién”, que quiénes protestan son provocadores promovidos por intereses externos y que no hay necesidad de revisar, analizar ni corregir nada.


En esa quimera y con semejantes dirigentes, el tricolor está cavando su tumba.


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