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La tolerancia, esa sutil capacidad de aceptarnos

Por: Fernando Silva


La educación que se imparte desde los hogares regularmente hace frente a soluciones socialmente constructivas vinculadas a objetivos o problemas de orden moral, del mismo modo que la buena formación académica nos prepara para incorporarnos a los procesos de expansión cultural-patrimonial, ético-social y mercantil-pecuniario, y la instrucción ambiental nos permite hacer conciencia sobre los riesgos a que están expuestos los ecosistemas, así como el orientarnos sobre los beneficios hacia nuestra salud al razonar y adoptar los sólidos argumentos para seguir una dieta vegana. Asimismo, poner en práctica la capacidad que tenemos para pensar en las consecuencias de nuestros actos con la intención de conducirnos en favor de una sociedad más justa, consecuente y en procuración de un proceso social de consolidación de la paz mediante el respeto de los derechos humanos y la responsable aplicación de las justas normas que rigen la conducta de cada persona —en cualquier ámbito de la organización social— que defiende democráticamente la soberanía de todo ser humano.


En ese entendido, la tolerancia es imprescindible en un entorno en donde las opiniones o pareceres no dan cabida a la paciencia, al respeto e incluso al entendimiento, por lo que la consideración a los conocimientos, opiniones, dogmas o funcionar de nuestros semejantes es básico para dar oportunidad a la comprensión y a la sana convivencia, ya que nos encontramos con una serie de bretes que proceden —en su mayor parte— de la pluralidad de términos y de acciones, incluyendo las viscerales, que no siempre están en el sentido propio al que queremos referirnos o al actuar en nuestro día a día. Tal escenario, como parece obvio, es derivación de la correspondencia y equidad en las consideraciones existentes entre las diversas culturas y la utilización del lenguaje coloquial o culto, perfilados para su uso en las distintas áreas del discernimiento personal, familiar, académico, profesional y político-social.


En ese entorno, una condición desprovista de exactitud —la permisividad— se ha utilizado por buena parte de la humanidad como una postura no concreta de indulgencia hacia las opiniones y malas prácticas de gobernantes y protervos grupos empresariales elitistas, corriendo el riesgo de adquirir un perfil que favorece sistemas autoritarios cuando no se pone el necesario cuidado y atención en lo que se tiene a cargo o se desea hacer o conseguir, presentándose a manera de una desarticulación del obrar humano que no asume prudente compromiso moral, por lo que es importante —con un objeto propiamente ético— el no permitir acciones que violenten a cualquier ser viviente. A tal efecto, lo que la tolerancia establece con la intención de proceder de manera racional y prudente frente a cualquier manifestación impía —para determinar si se puede imputar— es que los hechos deben ser observados y analizados a partir de dos coyunturas básicas: Primera, que el transgresor asuma un grado apropiado de inteligencia y de comprensión de sus actos y, segunda, que al ser señalado como infractor se tenga en cuenta el libre albedrío para dictaminar a favor o en contra en relación de las múltiples motivaciones de la desfavorable conducta.


Tener en consideración que la tolerancia es concebida de diversas maneras. En ocasiones, se determina por el apego cultural y, en otras, por lo que es opuesto pero atrayente. Incluso, es posible encontrarnos con alguien que la asimila a un «dejar estar» o «dejar hacer» en alusión a credos o el modo de hacer algo que no se comparte, disgusta o desaprueba. También, hay quienes la pensamos —como algo que puede estar fuera de lugar— en una sociedad liberal, por ajustarse en términos de la bondad, la eficacia y hasta por el gusto y la voluntad de quienes la incorporamos de manera natural a un sistema político cuyo conjunto de normas estén basadas en los derechos de los ciudadanos y la potestad de obrar por reflexión y elección, obviamente, sin dejarse llevar por el ímpetu, la coerción y, mucho menos, por la ira.


En parte, los encrespados y sempiternos debates, así como la encolerizaste discrepancia sobre qué debemos entender por tolerancia tiene que ver en gran medida con las heterogéneas justificaciones que —en interacción social— se otorgan sin probarlas con razones convincentes. En consecuencia, los valores de libertad, igualdad, paz, legalidad, ecuanimidad, razón, honradez, equidad y el sentido del respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás se encuentran vinculados entre sí, por lo tanto, cuales sean los pensamientos en bien común que quepan en consideración como correctos, establecerán la extensión y los límites que prescriptivamente correspondan a la lenidad, por lo que cabe de hecho, entender a la tolerancia como un principio y/o virtud básica de la justicia moral; por consiguiente, nos descubriremos frente a diferentes concepciones en consonancia con la diversidad de teorías

normativas morales y la vastedad cultural que por generaciones ha cultivado la humanidad.


Así, tenemos en la «Guía didáctica de educación para la paz, los derechos humanos y la democracia» de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, conocida abreviadamente como UNESCO, lo siguiente «La comprensión entre personas de culturas diferentes es el resultado de un aprendizaje, como lo es la reconciliación. Ninguna de las dos será posible si no se aprende y ejercita la tolerancia. […] Los modernos valores políticos y sociales que dieron origen a las actuales pautas internacionales en materia de derechos humanos se expresaron por primera vez como una exhortación a la tolerancia, conceptuada como elemento fundamental para mantener el orden social».


Por lo tanto, la conciencia, la confianza, la aceptación, el afecto, el diálogo y la cooperación, deben ser los esenciales componentes que posibiliten un entorno afable, sereno y armonioso. Cualidades y escenarios que es importante potenciar en todo ser humano consciente para que se impregne pródigamente en las sociedades, con la intención de facilitar el desarrollo de la autoestima, la dignidad y el respeto hacia todo ser humano. Tan significativo atributo que distingue la calidad humana y que se destaca de manera trascendental —al lograr tan significativo objetivo— lo tenemos en el diálogo, como un espléndido instrumento de comunicación para el intercambio y la contraposición de las ideas, experiencias, investigaciones... que constituyen el próvido catalizador de conductas irracionales.


Por lo que es preciso tener en cuenta que su eficacia se basa, fundamentalmente, en la buena recepción del entendimiento a partir de saber escuchar y hablar en pro de elevar a nuestra especie en la plataforma del bien hacer.



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