Se pudo evitar tanta muerte


Porque México tiene un sistema de salud débil y una población enferma debió concentrarse en evitar el contagio, porque si se enfermaban, morirían cientos de miles de mexicanos.


Evitar el contagio era posible, lo hicieron países con menos recursos; la diferencia fue una mejor política de gobierno.


El coronavirus concentra su primer ataque en la nariz y en la garganta, donde se reproduce velozmente sin que la víctima presente síntomas.


A partir de ahí, la persona contagiada, que no siente nada, se convierte “en una potente bomba bacteriológica y empieza a diseminar el virus en su entorno” con sólo hablar o respirar.


Pocas de las personas infectadas sufren el segundo ataque, enfocado esta vez en los pulmones, que provoca trastornos microvasculares caracterizados por alteraciones inflamatorias y de la coagulación que dañan diferentes órganos y tejidos, que pueden llegar a ser fatales, sobre todo en personas de edad avanzada con enfermedades crónicas.


El Instituto Nacional de Salud Pública del gobierno federal realizó, en noviembre, una encuesta mediante análisis de sangre y estima que, en esa fecha, 31 millones de mexicanos ya se habían contagiado, 7 millones de ellos tuvieron síntomas.


Antes de que se confirmara el primer caso de COVID-19 en el África subsahariana, todos los secretarios de salud del continente se reunieron. El estado más joven del continente, Sudán del Sur, cuenta apenas con cuatro respiradores para 11 millones de habitantes.


Lo que importaba era la intervención temprana. Se compraron pruebas en Alemania y, para marzo, 42 países africanos ya estaban en condiciones de hacer las pruebas del SARS-CoV-2.


“Esta no es una enfermedad que se combate en terapia intensiva. La única forma de ganarle es enfocarse en la prevención”, dijo un funcionario etíope entrevistado por el Financial Times.


Precisamente porque saben que no tienen los recursos para manejar el problema si se les sale de control, han instituido medidas muy efectivas de prevención del contagio, con estrategias poco costosas, como el uso correcto del cubrebocas.


El gobierno mexicano decidió hacer pruebas sólo a quienes presentaban síntomas, de modo que nunca se ha podido identificar a los asintomáticos y no se han tomado medidas para romper las cadenas de contagio. Somos el país con menos pruebas realizadas de los países miembros de la OCDE.


“Las pruebas se hacen a las personas con características clínicas de caso sospechoso. En la medida que haya menos personas con síntomas, bajan las pruebas”, dijo el subsecretario Hugo López-Gatell el 21 de agosto.


El virus llegó a todos los países, pero no a todos dañó igual. Todas las naciones africanas tienen menos muertes por millón de habitantes que México.


El gobierno mexicano no ha sabido advertir a la población sobre el tamaño del problema, ya sea porque él mismo no lo sabe o porque busca dar imagen de que todo lo tiene “domado”.


El director del Centro Nacional de Programas Preventivos y Control de Enfermedades, Ruy López Ridaur, explicó el 18 de marzo que calculaban que en México unas 250 mil 656 personas se podrían contagiar de COVID-19, y de ellas 10 mil 528 requerirían terapia intensiva.


El problema no es sólo que no tuvieron los conocimientos necesarios para evaluar adecuadamente la pandemia sino que, además, no han tenido la capacidad de rectificar.


El 27 de febrero se presentó en México el primer caso de COVID-19, cuatro meses después que en China, y ya con la posibilidad de aprender de lo sucedido ahí y en Europa.


El 7 de agosto de 2020, al registrarse 50 mil personas fallecidas por coronavirus, el presidente López Obrador aseguró que “en el concierto de las naciones afectadas en la pandemia, nosotros no hemos sido tan golpeados”.


El 9 de enero de este año, al registrarse 130 mil muertos por coronavirus, el presidente López Obrador aseguró que “ahora con la pandemia no nos fue tan mal”.


Los irresponsables y covidiotas se han escudado en el ejemplo del presidente y en sus palabras: “Un pueblo ejemplar es el pueblo de México. Estamos dando una lección al mundo con nuestro comportamiento, sigamos adelante”, dijo el 11 de abril.


Tampoco pudo establecer un sistema de vigilancia que ubicara certeramente la cantidad de muertes. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) informó que, de enero a agosto del año pasado, se registraron 108 mil 658 fallecimientos por COVID-19, cantidad 68.7 por ciento superior a la informada para ese mismo periodo por la Secretaría de Salud.


La microbióloga mexicana, Laurie Ann Ximénez-Fyvie, escribió un libro científico para analizar la política pública ante la pandemia, “Un daño irreparable”, del cual he tomado información y textos.


Lea ese libro para, al menos, saber por qué siguen muriendo tantos mexicanos y cómo toda esta tragedia se pudo evitar.



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